miércoles, julio 06, 2005

Que vida la mía...

Te fuiste y sin embargo te quedas. Como él, como el otro él, como tú... como todos. Todos que llegan, me tratan, me matan y me despiertan, para luego irse envueltos en mi llanto de cerezas. Llegaste como el sol en la mañana, como la primera estrella en la noche suburbana, como el agua a la boca de un niño enfermo. Me diste tu nada, tu algo, ese algo que te hizo llegar conmigo y hacerme creer que te amo. Te amo, como lo amé a él y como amé a ése también. Me duele tu memoria grata, tu olor de palma, tu sabor a nata. Siento que esa noche fría de invierno en que por primera vez me diste un beso, mi primer verdadero beso [porque hubo otros antes, pero ninguno sincero], sucedió hace años, en otro tiempo, cuando el hombre no conquistaba estos terrenos. En cambio, la tarde posterior, esa tarde de cuchillos gruesos, cuando me explicaste que ese beso no fue un beso, que fue otra cosa, que no fue correcto... ese dolor en el alma, esa mirada vaga, tus murmullos extraños... eso lo siento vivo cada vez que te leo. Pero como todos, me dejaste algo bello, una lección, me diste una nueva razón para entender el misterio que rodea nuestros hechos. Como ellos, como cada uno, tu voz resuena en mi pecho, tus ojos inundan mis rezos, tu azar me palpita en los dedos... Es que a cada paso que siento se me muere este sueño, como cuando a él lo veo en fotos, o a al otro él en mis recuerdos, así como a ti en tus trazos te leo y te vuelvo a llover. Te fuiste y sin embargo te quedas.

1 comentario:

Crow dijo...
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